El Milagro de los Panes sin Fondo
Se cuenta que, durante uno de sus recorridos por las calles de Antigua Guatemala, el Hermano Pedro fue a pedir pan para los enfermos y necesitados que cuidaba en su hospital. Al llegar a la panadería, el dueño, con cierta burla, le dijo:
—“Hermano, tomá todos los panes que quepan en tu bolsita.”
Pedro, con humildad y fe, aceptó el reto. Tenía una bolsita pequeña, pero empezó a meter un pan… y otro… y otro más… sin que la bolsa se llenara. El panadero, asombrado, no podía creer lo que veía. ¡Los panes seguían entrando sin parar!
Al final, Pedro se llevó suficiente pan para todos los enfermos. El panadero, conmovido por lo sucedido, comprendió que estaba ante un hombre santo, y desde entonces nunca más dudó de su misión ni le negó ayuda.

El Hermano que Compartía hasta su Sopa
Un día, en el hospital que él mismo había fundado, el Hermano Pedro recibió un poco de sopa. Había trabajado todo el día atendiendo a enfermos, limpiando heridas y consiguiendo alimentos. Tenía hambre… pero justo cuando se sentó a comer, llegó un ancianito muy débil, pidiendo algo de comida.
Pedro no dudó. Sin decir una palabra, le entregó su tazón de sopa entero al anciano. Luego se levantó, fue a la cocina y se quedó sin comer, como si nada.
Quienes lo vieron le preguntaron por qué no se sirvió más, y él respondió:
—“Ya comió el que tenía más hambre que yo. Dios se encargará de darme fuerza.”
Ese día, muchos testigos aseguraron que el Hermano Pedro trabajó el doble, con más energía que nunca. Para ellos, fue claro: la fuerza que lo sostenía no era la comida, sino el amor.
El Cristo de los Talones Rotos
Se cuenta que el Hermano Pedro, lleno de fe y amor por Cristo, solía subir una colina donde había una antigua imagen de Jesús crucificado. Él pasaba largos ratos orando frente a ella, especialmente por los enfermos y los pobres.
Un día, sintió en su corazón que esa imagen debía estar más cerca de la gente, en un templo donde todos pudieran verla y rezarle. Entonces, sin ayuda y con gran esfuerzo, la cargó desde la colina hasta la Iglesia de San Francisco, donde hoy se venera.
Lo más increíble es que esa imagen todavía se conserva. ¿Y cómo se sabe que es la misma? Porque los talones de la imagen están desgastados, como rotos… se dice que fue por el peso que soportaron al ser arrastrada o cargada por Pedro, con tanta fuerza y fe.
Para muchos, esos talones heridos no solo muestran el desgaste de la madera, sino el sacrificio, la humildad y el amor con que el Hermano Pedro sirvió a Cristo en los más necesitados.

Dormir sobre una Tabla: La Cama del Hermano Pedro
El Hermano Pedro vivía con muchísima humildad. Aunque podía tener una cama como los demás frailes, él eligió dormir sobre una simple tabla de madera. No era por castigo, ni por llamar la atención, sino porque decía:
—“Muchos de mis enfermos duermen en el suelo… yo no merezco más que ellos.”
No usaba almohadas suaves ni mantas elegantes. A veces ni siquiera se cubría del frío. Dormía poco, y lo poco que dormía, lo hacía orando. Esa tabla, que aún se conserva en Antigua Guatemala, es un símbolo de su sencillez y de su amor por los más pobres.
El Árbol de Esquisúchil
Cuenta la tradición que el Hermano Pedro de San José de Betancur, en sus años en Santiago de Guatemala (hoy Antigua Guatemala), plantó un pequeño arbolito de esquesúchil junto al convento de San Francisco, donde vivía y servía. Este árbol, de flores blancas y muy aromáticas, fue creciendo a lo largo de los siglos y se volvió símbolo de su legado de amor, humildad y servicio.
Durante generaciones, los fieles visitaban el árbol, recogían sus flores y hojas, y lo consideraban una especie de reliquia viva del Santo Hermano Pedro. Era un signo tangible de su paso por la tierra.
Sin embargo, con el paso del tiempo, los años y las inclemencias, el árbol envejeció y finalmente, en el año 2022, se desplomó. Fue una noticia triste para muchos devotos, porque marcaba el final físico de algo que había acompañado a tantas generaciones.
Pero no todo terminó ahí. Los cuidadores del convento y los fieles han trabajado para conservar retoños y nuevas plantas nacidas de ese mismo esquesúchil, con la esperanza de que pronto vuelva a florecer junto al lugar donde el Hermano Pedro lo sembró. Hoy, el esquesúchil sigue siendo un símbolo: no tanto por su tronco original, sino por el espíritu que representa, el de un hombre sencillo que sembró fe, esperanza y amor en tierra guatemalteca.

